Salvadoreños consumen menos alcohol que resto de americanos, pero mueren más por esta causa

“Comencé a tomar ya viejo”, dice Ricardo. Lo cuenta con una media risa en la voz, mientras una especie de tic lo obliga a mantener sus dedos pinchando una parte de sus labios. Es parte de las secuelas que le dejaron los 20 años en los que bebía sin parar y que ahora lo han llevado a una cama en el Hospital Rosales.

A sus 25 años, tras constantes burlas de sus compañeros y amigos de trabajo, Ricardo comenzó a aceptar sus invitaciones a salir por un “par de tragos”. Hasta ese entonces, Ricardo llevaba una vida que sus padres consideraban “ejemplar”.

Al terminar el bachillerato, él comenzó a trabajar en un taller de electrónica. Desde pequeño había mostrado una gran habilidad para ese tipo de trabajo. Aprendía rápido y su responsabilidad le generaba confianza entre sus clientes. Al poco tiempo, Ricardo se salió y formó su propio taller. Muchos de sus viejos clientes se pasaron con él, pronto todo el trabajo que tenía le permitieron contratar a otros trabajadores, mientras su taller crecía.

Pero esas salidas de fin de semana se convirtieron en trasnochar entre días de trabajo. Poco a poco, Ricardo se dio cuenta que lo perseguía una ansiedad por beber alcohol. Ya no podía dejarlo. Con el paso de los años, había días que no regresaba a su casa, la calle, las cervecerías y cantinas se convirtieron en su hogar.

Cuatro años atrás, los dolores de estómago, los sangrados, el vomitar sangre se convirtieron en un diagnóstico que Ricardo no conocía: cirrosis hepática. Aún así, continúo bebiendo por un año más, hasta que su cuerpo se rindió del todo. Ricardo ha comenzado a tener problemas para caminar, a veces pierde el conocimiento repentinamente y ha padecido episodios convulsivos. La vista, que en algún momento fue una de sus principales herramientas en su trabajo, también la ha perdido casi por completo. Tuvo que cerrar su taller. La relación con su esposa e hijas se ha deteriorado.

Pese a todo, Ricardo, junto a sus padres quienes lo acompañaban al lado de su cama en el Hospital Rosales, están agradecidos de que siga con vida y que ya lleve tres años sin beber nada. A sus 45 años siente que ha recuperado parte de su libertad de nuevo.

Aunque Ricardo ha superado las expectativas que tenían sus médicos cuando le diagnosticaron la enfermedad por primera vez, su pronóstico sigue siendo difícil, tanto para él, como para sus padres quienes se encargan de cuidarlo.

Alfonsina Chicas, médica internista con especialidad en Toxicología Clínica del Hospital Nacional Rosales, lamenta que la historia de Ricardo no sea un caso aislado en El Salvador. Cada semana, ella ve distintos pacientes en la Consulta Externa del hospital que llegan con extensos daños en su organismo a causa del alcohol y que ya presentan cuadros crónicos, como la cirrosis e insuficiencias hepáticas. En la Emergencia también son constantes los casos de personas que llegan con sangramientos intensos debido a las varices esofágicas, producto del daño en el hígado, y gastritis alcohólicas. Otros llegan en estado de delirio, o se trata de pacientes diabéticos que se han descompensado por el consumo del alcohol.

A eso se le suma quienes han resultado lesionados por causas externas, como personas que conducían en estado de ebriedad, o quienes por estar “departiendo” acabaron peleándose con sus compañeros de juerga. Peleas que acaban con lesiones por arma blanca o por lesiones de arma de fuego.

Incremento de las muertes relacionadas al alcohol 

De una base de datos con todas las muertes hospitalarias registradas por el Ministerio de Salud, se sumaron todos los diagnósticos que podrían ser atribuidos al alcohol, como los distintos tipos de Trastornos mentales y del comportamiento debido al uso de alcohol, las cirrosis, las insuficiencias hepáticas, enfermedades hepáticas e incluso los envenenamientos con alcohol y metanol. Esto permitió detectar un incremento del 40 % de las muertes atribuibles al alcohol entre el año 2006 y el año 2018.

El diagnóstico que más muertes acumula es el de Trastornos mentales y del comportamiento debido al uso de alcohol, en sus distintos tipos, con un total de 2,624 casos desde enero de 2006 hasta junio de 2019. En todo 2006 se reportaron 178 muertes con este diagnóstico y en 2018 las muertes fueron 253.

Chicas explica que las funciones del hígado son de suma importancia para el organismo, ya que básicamente trabaja como si fuera un laboratorio.

El daño producido por el alcohol comienza por la etapa del hígado graso. Si no se trata y el consumo nocivo del alcohol continúa, pasa a desarrollar una hepatitis alcohólica. “El hígado agarra el alcohol y trata de transformarlo en una sustancia menos nociva para el cuerpo. Hace que el hígado trabaje y trabaje más, al tiempo que le provoca inflamación”.

Eventualmente el tejido del hígado se va dañando debido a las constantes inflamaciones, hasta llegar a la etapa de cirrosis. El daño en este entonces ya es irreversible.


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